Carta de madre de acogida de una adolescente

Soy madre de acogida de una adolescente. Modalidad del acogimiento: familia afín, monoparental, permanente. Esto quiere decir que, pese a no ser familia de sangre, tenía relación con mi adolescente y su familia, que no vivo en pareja y que estará conmigo hasta que cumpla 18 años.

Vino a mi casa con 14 recién cumplidos, en una situación que no era de vida o muerte pero sí muy preocupante. Desde entonces le ha crecido el cuerpo y también el corazón y la autoestima. Yo he aprendido muchísimo, acerca de mí y también del mundo del acogimiento, y creo que algo falla.

Cuando acoges, una de las primeras cosas de las que tienes que encargarte es de la salud. Muchas veces no tienes ninguna información acerca del historial médico de tu hijo/a de acogida. A veces están mal diagnosticados, sobremedicados, con alergias sin tratar, o con un régimen de visitas a Salud Mental muy deficiente. Una vez has conseguido recopilar historiales, has visitado a todos los especialistas, te has presentado y has explicado la situación por vigésima vez ante la incomodidad de tu hijo/a, decides lo que necesita.

Sucede entonces que tu hijo o hija cumple quince años y, de repente, para el sistema de salud pasa a ser un adulto. Adiós al pediatra al que ya no le daba miedo ir, adiós al psiquiatra que conocía su situación familiar y no hacía falta explicarle nada, adiós a la enfermera tan simpática que le pinchaba la vacuna de la alergia y le sacaba una sonrisa, adiós a recursos públicos específicos para el tratamiento de trastornos del apego que la mayoría de los niños acogidos padece (y al que deberían acudir desde el principio). También son “mayores” para los Servicios Sociales: adiós a escuelas de verano, talleres, escuelas deportivas, recursos municipales…

De pronto tienes a un adolescente enfadado con la vida y estás solo. Y, lo que es peor, él/ella también. Los pisos de emancipación, los programas de transición a la vida adulta, los tratamientos psicológicos de calidad…todo eso existe, pero no en cantidad suficiente ni es fácil de encontrar.

De pronto, el inicio de la vida adulta, donde tu hijo/a de acogida empieza a tomar decisiones que condicionarán el resto de su vida, es un desierto. Tu adolescente, en realidad un niño asustado y abandonado que quiere empezar a volar del nido, no sabe muy bien cuál es su nido, no sabe contra quién ha de rebelarse en esta etapa ni qué modelo es el válido, y aparecen conductas de riesgo, comportamientos agresivos y trastornos mentales. Qué sorpresa. Algunos de estos niños acaban en centros de nuevo, ya que su conducta se torna demasiado incontrolable e incluso peligrosa para la familia acogedora. Otros lo pasan mal, un poco peor que un adolescente con apego seguro y una familia al uso y siguen adelante. Pero todos tienen terror a cumplir 18, ya que después no hay nada. Su familia muchas veces sigue sin poder darles un hogar, o no tienen familia a la que volver. Las instituciones no dan suficientes recursos. Las familias de acogida puede que sigan ayudándoles o puede que no. Puede que ellos corten el contacto. Algunos son capaces de trabajar y mantener una red de amistades que los mantenga a flote, pero otros, con 18 años, tienen un retraso de maduración que hace imposible que sean capaces de sostenerse solos. Estos últimos se equivocarán en la elección de amistades o parejas y repetirán su historia familiar, como si fuera una maldición. Es por eso que debería lanzarse, con carácter urgente, una campaña de captación de familias de acogida para adolescentes, así como revisar los recursos disponibles para ver necesidades reales y aumentarlos hasta cubrirlas, proporcionar  recursos específicos a estos menores y sus familias de acogida, y por supuesto retrasar la edad de cese del acogimiento. Nos ahorraríamos muchas idas y venidas a centros de menores, comisarías, Unidades de Conductas Adictivas, cárcel, robos, violencia de género y doméstica, exclusión social,  más niños en el sistema de acogida, en definitiva, muchas vidas truncadas. En cambio, ganaríamos en población sensible con los problemas de otros y ganas y capacidad de crear un mundo mejor.

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